Lo encontré en el Parque Rivadavia, cuando, como sabía hacer todas las mañanas, busqué un banco al sol donde sentarme para leer un poco. El objeto estaba tirado en el césped, ubicado entre el banco y un gato callejero en perfecta simetría. Como si fuera deliberado, pensé. Como si fuera a propósito.
Era un anillo dorado y sin adornos, de oro macizo, cuidadosamente perdido en el parque, entre el gato y el banco, para que yo, sin premeditación y sin sorpresa, lo encontrara. Valía seguramente una fortuna, me dije, y sin embargo todavía no sabía que era mi fortuna la que estaba contenida ahí.
Minutos después se acercó al banco una mujer joven y muy hermosa. Se sentó sin mirarme, los ojos fijos en el césped, como si buscara o esperara algo. Parecía triste. Extendí entonces en su dirección mi mano abierta y, sin decirle nada, le sonreí y le mostré el anillo. Sin decirme nada, sonrió, tomó el anillo y se lo puso, despacio y naturalmente. Sus ojos, que un momento antes parecían desolados y tristes, se volvieron hacia mí por primera vez y, como se dijeran "sí", sonrieron. La suerte, que estuvo lanzada en silencio e invisible todos esos años, descansó aquella mañana de lunes en su dedo como un anillo. Mañana nos casaremos.
(escrito en Buenos Aires, 18 de julio de 2008)
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