Fue un acontecimiento extraordinario. Los preparativos duraron meses. El auto -- un Ford rojo modelo 1956 que heredara de su padre -- pasó por sucesivas revisiones y salió, por primera vez en una docena de años, del garaje donde había quedado oculto y protegido como un sueño de infancia que a uno le cuesta revelar.
El día previsto mi padre me puso detrás del volante y se sentó en el asiento del pasajero sin ocultar su entusiasmo. Llevaba un compás y un largo mapa que desplegó demoradamente, un mapa que me parecía no tener fín, donde emarañadas rutas e incomprensibles apuntes indicaban, con inconfundible aire de amenaza, un recorrido interminable. La Avenida Rivadavia, 9 de julio, Libertador, General Paz... tantos nombres conocidos y a la vez irreconocibles se mezclaban con caminos inciertos y destinos inalcanzables. Puse el auto en marcha y arranqué, abrumado por mi nerviosismo de principiante y por la infantil felicidad de mi padre. El auto se movió magnánimo, ajeno a los obstáculos y demás vehículos por tres cuadras enteras. Cuando crucé la avenida La Plata, ya demonstraba alguna confianza, pensaba que no, que no era tan difícil, que podía darnos a mí y a mi padre esa alegría. Pensaba en cómo sería tomar la ruta en las afueras de la ciudad y manejar mirando el paisaje que se despliega, el sol al fondo, el viento contra los vidrios, mi cabello y mi rostro. Pensaba en todo eso cuando escuché mi nombre. La voz era familiar y me llegaba distante, más allá de mis pensamientos. Reconocí entonces el timbre inconfundible de mi padre, que repetía mi nombre, agitaba sus brazos y parecía querer decirme algo. Miré su rostro y después la calle y apenas tuve tiempo de cerrar mis ojos antes de que el auto chocara contra un gran cesto de basura estrategicamente colocado sobre la vereda. Cuando el auto paró, no tuve el coraje de mirar a mi padre. Le entregué las llaves del auto y bajé mis ojos, mirando fijo un punto indefinido entre mis rodillas y el volante. En aquel momento hubiera querido ser un astronauta, navegando solitario por distancias infinitas de oscuridad y silencio.
(escrito en Buenos Aires, 25 de julio de 2008)