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Monday, September 1, 2008

El Viaje

A mi padre siempre le fascinaron los automóviles y los viajes. Me contaba que cuando chico quiso ser astronauta pero cambió de idea apenas supo que en el mapa celeste no había rutas, paisajes o semáforos; que en el trayecto que conectaba los infinitos espacios siderales sería él probablemente el único viajero, cruzando por largos ratos de silencio y soledad distancias interminables. Decidió entonces ser piloto, pero la prisa con que debería manejar, la obligación de llegar siempre antes no importa dónde, le hicieron una vez más cambiar de idea antes mismo de tener la oportunidad de empezar. Tampoco duró mucho tiempo el proyecto de conducir un colectivo por las calles de la ciudad: pronto la repetición incesante, la mecánica previsibilidad, la rutina circular de los recorridos cotidianos bastaron para que desistiera de sus planes y sus aspiraciones automobilísticas. Los años pasaron, mi padre consiguió un sedendario empleo en un banco de la provincia y aprendió, con el tiempo y con alguna resignación, a domesticar su espíritu viajero y su ansia de movilidad. Hasta el día en que su hijo mayor -- yo -- cumplió dieciocho años y le pidió que le enseñara a manejar.

Fue un acontecimiento extraordinario. Los preparativos duraron meses. El auto -- un Ford rojo modelo 1956 que heredara de su padre -- pasó por sucesivas revisiones y salió, por primera vez en una docena de años, del garaje donde había quedado oculto y protegido como un sueño de infancia que a uno le cuesta revelar.

El día previsto mi padre me puso detrás del volante y se sentó en el asiento del pasajero sin ocultar su entusiasmo. Llevaba un compás y un largo mapa que desplegó demoradamente, un mapa que me parecía no tener fín, donde emarañadas rutas e incomprensibles apuntes indicaban, con inconfundible aire de amenaza, un recorrido interminable. La Avenida Rivadavia, 9 de julio, Libertador, General Paz... tantos nombres conocidos y a la vez irreconocibles se mezclaban con caminos inciertos y destinos inalcanzables. Puse el auto en marcha y arranqué, abrumado por mi nerviosismo de principiante y por la infantil felicidad de mi padre. El auto se movió magnánimo, ajeno a los obstáculos y demás vehículos por tres cuadras enteras. Cuando crucé la avenida La Plata, ya demonstraba alguna confianza, pensaba que no, que no era tan difícil, que podía darnos a mí y a mi padre esa alegría. Pensaba en cómo sería tomar la ruta en las afueras de la ciudad y manejar mirando el paisaje que se despliega, el sol al fondo, el viento contra los vidrios, mi cabello y mi rostro. Pensaba en todo eso cuando escuché mi nombre. La voz era familiar y me llegaba distante, más allá de mis pensamientos. Reconocí entonces el timbre inconfundible de mi padre, que repetía mi nombre, agitaba sus brazos y parecía querer decirme algo. Miré su rostro y después la calle y apenas tuve tiempo de cerrar mis ojos antes de que el auto chocara contra un gran cesto de basura estrategicamente colocado sobre la vereda. Cuando el auto paró, no tuve el coraje de mirar a mi padre. Le entregué las llaves del auto y bajé mis ojos, mirando fijo un punto indefinido entre mis rodillas y el volante. En aquel momento hubiera querido ser un astronauta, navegando solitario por distancias infinitas de oscuridad y silencio.

(escrito en Buenos Aires, 25 de julio de 2008)

Sunday, August 31, 2008

El Anillo

Mi relación con la suerte ha sido siempre -- por suerte -- una mezcla de escepticismo e indiferencia. Si no he sido mufa, tampoco puedo jactarme de haberme movido bajo la influencia de alguna estrella digna de especial atención. Si es cierto que la mala suerte me ha hasta ahora ahorrado sus temidos disfavores, la buena fortuna había, hasta entonces, sido invisible para mí. Todo eso cambió el último lunes. No fue un cambio drástico, trágico o espectacular, como suele suceder en las películas y en cierta clase de periódicos. Fue más bien un cambio mínimo, casi imperceptible y sin embargo decisivo. Todo tuvo que ver con cierto hallazgo casual, con cierto objeto precioso y aparentemente perdido, con cierta combinación inusual de ordinarias circunstancias.

Lo encontré en el Parque Rivadavia, cuando, como sabía hacer todas las mañanas, busqué un banco al sol donde sentarme para leer un poco. El objeto estaba tirado en el césped, ubicado entre el banco y un gato callejero en perfecta simetría. Como si fuera deliberado, pensé. Como si fuera a propósito.

Era un anillo dorado y sin adornos, de oro macizo, cuidadosamente perdido en el parque, entre el gato y el banco, para que yo, sin premeditación y sin sorpresa, lo encontrara. Valía seguramente una fortuna, me dije, y sin embargo todavía no sabía que era mi fortuna la que estaba contenida ahí.

Minutos después se acercó al banco una mujer joven y muy hermosa. Se sentó sin mirarme, los ojos fijos en el césped, como si buscara o esperara algo. Parecía triste. Extendí entonces en su dirección mi mano abierta y, sin decirle nada, le sonreí y le mostré el anillo. Sin decirme nada, sonrió, tomó el anillo y se lo puso, despacio y naturalmente. Sus ojos, que un momento antes parecían desolados y tristes, se volvieron hacia mí por primera vez y, como se dijeran "sí", sonrieron. La suerte, que estuvo lanzada en silencio e invisible todos esos años, descansó aquella mañana de lunes en su dedo como un anillo. Mañana nos casaremos.

(escrito en Buenos Aires, 18 de julio de 2008)

Saturday, August 30, 2008

Antonio Di Benedetto

"Es viernes, el tercer viernes del mes, pero no importa, ni fijo atención en ello.

Sólo que necesariamente me perturbo porque no encuentro a quien debía esperarme, corta mi trayecto y me atrapa un insistidor, huyo de otro notorio adhesivo, tropiezo con gente cubierta de púas, trepo a un ómnibus que me aleje y es una mortífera caldera o cámara de gas, busco el aire de la plaza y luego el agua fresca de la fuente, pero ahí, desde un banco, me asedian los despojos lamentables de una mujer.

Me enderezo, busco la belleza. Hay, está, circula. Casi abunda. Los cuerpos esbeltos, las cabezas en alto de la juventud, un rostro, unos ojos, los colores que descienden del aire a las personas, una frente adulta, una fina mano en vuelo... surgen, pasan... se pierden en el torrente de la fealdad humana.

Hay días así."

(Los Suicidas)